En sentido figurado es un robo.
Teoría de la Elección Pública
En un despacho austero de la Universidad de Virginia a principios de los años 60, dos economistas estadounidenses, James M. Buchanan y Gordon Tullock, miraban con lucidez implacable el espectáculo de la política moderna. No veían nobles servidores del bien común, sino seres humanos de carne y hueso, racionales y egoístas, que respondían a incentivos exactamente igual que cualquier tendero, banquero u obrero. De esa observación brutal surgió The Calculus of Consent (1962) y, poco después, la Teoría de la Elección Pública: la política no es un reino de altruistas desinteresados; es un mercado más, donde políticos, burócratas y votantes persiguen su propio beneficio, y donde los grupos de interés concentrados capturan el poder mientras los costos se difunden entre millones de contribuyentes invisibles. El «rent-seeking», esa fea palabra que Buchanan popularizó, consiste en buscar ganancias no creando riqueza, sino manipulando el aparato estatal para arrebatar recursos ajenos mediante regulaciones, subsidios o privilegios legales.
La idea es demoledoramente simple y, por eso mismo, intolerable para los románticos del poder: nadie en el gobierno es un «ángel guardián». Son agentes racionales que maximizan votos, presupuesto, prestigio y poder personal. Los votantes, racionalmente ignorantes, no estudian los programas; votan por promesas que les cuestan poco y les benefician mucho. Los burócratas expanden sus reinos porque su salario, su estatus y su jubilación dependen del tamaño del imperio que controlan. Y los lobbies, esos grupos pequeños y bien organizados, pagan el precio de la captura regulatoria porque los beneficios son enormes y concentrados, mientras los costos se reparten entre todos los demás como una niebla invisible.
Esta teoría, una de las más corrosivas de la economía del siglo XX (Buchanan recibió el Nobel en 1986 precisamente por destripar el mito del Estado benevolente), no se queda en los manuales académicos. Se manifiesta con saña especial en los experimentos socialistas y comunistas, donde el Estado no es un árbitro neutral, sino el propietario absoluto de todo. Cuando el aparato controla la producción, los precios, el empleo y hasta los pensamientos, el «rent-seeking» deja de ser un vicio marginal y se convierte en el único deporte nacional. La nomenklatura soviética no era una anomalía; era el resultado lógico de este proceso. Una nueva clase dominante que vivía en dachas, comía caviar y enviaba a los disidentes al Gulag mientras predicaba la igualdad. La «boliburguesía» venezolana, esos militares, ministros y enchufados que se repartieron PDVSA, empresas expropiadas y dólares preferenciales, no traicionó al chavismo; lo perfeccionó. Los cuadros del Partido en China actual no son comunistas del siglo XIX; son capitalistas de Estado con carnet rojo que amasan fortunas mientras el proletariado sigue siendo proletariado.
En la izquierda democrática el mecanismo es más refinado, pero idéntico en esencia. Los políticos prometen «bienes públicos gratis» como sanidad universal, educación gratuita, renta básica y subsidios verdes, financiados supuestamente por «los ricos» o por la deuda eterna. En realidad maximizan su propio stock de poder: cada nuevo programa crea clientelas dependientes, cada ministerio engorda burocracias leales, cada ley de «justicia social» multiplica los reguladores e inspectores que viven del presupuesto ajeno. Sindicatos de la educación pública bloquean cualquier reforma porque su monopolio les garantiza sueldos, privilegios y jubilaciones doradas a costa de generaciones de niños condenados a la mediocridad. ONG progresistas capturan fondos públicos para «luchar contra el odio» mientras sus directivos viajan en business class y dictan moral desde tribunas pagadas con impuestos. No hay ángeles en el poder; hay maximizadores de utilidad que, al expandir el Estado, expanden su propio botín.
El socialismo «real» siempre genera una nueva clase dominante porque la Teoría de la Elección Pública es implacable: cuando eliminas el mercado y la propiedad privada, no eliminas el egoísmo humano; simplemente lo canalizas hacia la única vía que queda, la política. El resultado no es el paraíso sin clases; es una cleptocracia con eslóganes igualitarios. Los costos se socializan, los beneficios se privatizan en mansiones, cuentas en Suiza y yates. Y cuando alguien señala la estafa, la respuesta es la de siempre: más Estado, más control, más represión para que el cuento no se derrumbe.
La Teoría de la Elección Pública no es cínica; es honesta. Brutalmente honesta. Nos recuerda que el poder corrompe y que el poder absoluto, el sueño húmedo de todo socialista, corrompe absolutamente. Por eso los regímenes que concentran todo en el Estado no producen igualdad; producen castas intocables con carnet del Partido. El resto del rebaño solo recibe las migajas y la factura
Impresionante. Real.
Y empeorando a marchas forzadas.
Pd. Cada vez creo más que cada € destinado a gasto público manejado por un poli es susceptible de corrupción y despilfarro.
Por tanto abogó por reducirlos tanto como sea posible. Y mejorará su control.
200 dólares de multa a Trump.
Interesante iniciativa.
Creo que un juego de invertir en Bolsa, con algo de especulación o trading, podría ser muy divertido.
¿Se puede comprar el juego juego?
No lo he encontrado. Debe ser en Argentina.
Pero igual hay que crear uno aquí…
Grande @emgocor . Valencia 27 de mayo de 2026.
Nunca pensé que pudieran superar al Gobierno de Aznar. Pero lo de Bárcenas me parece un juego de niñas comparado con esto:
Ya me estoy imaginando a la CNMV derribando la puerta del que lo comercialice ![]()
Parece que los jóvenes españoles se han dado cuenta de que la mejor inversión es la Bolsa (quizá porque invertir en vivienda es casi imposible).
https://www.eleconomista.es/mercados-cotizaciones/noticias/13942494/05/26/el-nuevo-capitalismo-popular-los-jovenes-cambian-los-depositos-por-la-bolsa-y-los-fondos-de-inversion.html
Sube la bolsa, acude el público. Baja la bolsa, el público se va.
Kostolany.
Acabo de estar en un cumple con mi hija. La niña, de padres ucranianos. Él, ingeniero en su país, aquí ha tenido que reinventarse como albañil para empezar de 0. Me contaban lo «duru» que fue abandonar su país solo con una maleta.
Jamás se imaginaron que su casa allí podría valer 0 €. Dicen que no invierten nunca más en ladrillo…
Curioso también como pasaron unos meses en Canadá, y el tratamiento para la diabetes de la niña les costaba 3.000 USD al mes, y no entraba en el seguro social. Más del 50% de lo que ganaban, se lo llevaba el coste sanitario.
A su hija le dan 30 €uros cada mes si cumple con sus tareas, y le obligan a ahorrar el 50% cada mes.
Volverán a levantarse, y les ira bien, tienen el hambre que nosotros hemos perdido.
Por otro lado, cada vez estoy más convencido de que lo material no tiene valor. Hay que vivir con poco, como diría Zapatero (pero sin robar al prójimo), tener muchos activos, y gastar lo menos posible.
Los inmuebles, tarde o temprano, vendrá alguien que te los destrozará, o te los querrá expropiar. No se qué opción me gusta menos…
P.D. Les he regalado un libro, y les ha hecho mucha ilusión. Van a empezar a invertir en bolsa.
Has sembrado una semilla.


