¿Cómo construye McLennan una cartera para lograr su objetivo de creación de riqueza resiliente? Empieza imaginando los mercados globales como un enorme bloque de mármol. Luego comienza a «cincelar» cada pieza que no quiere poseer, eliminando todo lo que promueva fragilidad, con el fin de «esculpir un mejor resultado». El principio rector detrás de este proceso es el de la «eliminación de errores». Como dice McLennan.
Explica que hay una «inseguridad fundamental» en esta forma de pensar. Refleja su reconocimiento de que «hay muchas cosas que pueden hacernos daño» y que la resiliencia le exige «rehuirlas».
McLennan tiene la flexibilidad de buscar oportunidades en cualquier parte del mundo, ya que gestiona un fondo global y un fondo internacional. La mayoría de los inversores abordarían la tarea buscando lo que él llama «bolsillos calientes» de «crecimiento temático» —apuestas de moda como las acciones brasileñas en 2010, las empresas de redes sociales en 2017 o los coches eléctricos en 2020—. Influenciados por su experiencia reciente, los inversores suelen cargar sus carteras con lo que mejor ha funcionado últimamente. Pero las expectativas generalizadas de que esa tendencia continúe.
El éxito lleva a precios inflados. Además, las áreas de alto crecimiento acaban atrayendo una competencia feroz. Como dice Marks, «El éxito lleva dentro de sí las semillas del fracaso».
Si tu objetivo es la creación de riqueza resiliente, no puedes operar como un misil termo-dirigido. Los riesgos son demasiado extremos porque los activos más populares no ofrecen ningún margen de seguridad. Por eso McLennan comienza eliminando a cincel todo lo que parezca una moda, incluidos países y sectores que han atraído flujos de capital «indiscriminados». Esa costumbre protegió a sus accionistas cuando los queridos BRIC (Brasil, Rusia, India y China) tropezaron y Brasil explotó. También evita países con sistemas políticos que no respetan los derechos de propiedad. Ahí estás, Rusia.
Del mismo modo, McLennan elimina a cincel cualquier empresa que crea que añadiría fragilidad a su cartera. Por ejemplo, evita modelos de negocio especialmente vulnerables al cambio tecnológico. Le repelen por igual las empresas con balances opacos, demasiado apalancamiento o una gestión imprudente que es «demasiado expedicionaria». Eso le protegió de bombas de relojería como Enron, Fannie Mae y todos los bancos que implosionaron durante la crisis financiera.
En lugar de asumir que las empresas exitosas crecerán perpetuamente, McLennan las mira a través de un cristal más oscuro, que ha tomado prestado de la ciencia. «Yo creo que todo está en un camino hacia el desvanecimiento», afirma. «Si piensas en la evolución, el noventa y nueve por ciento de las especies que han existido alguna vez están extinguidas. Y las empresas no son una excepción».
Él ve la economía como una ecología en la que los actuales señores de la selva acabarán siendo derrotados por tecnologías disruptivas y nuevos competidores. «Las empresas que hoy son robustas no lo serán en el futuro», dice McLennan. «La incertidumbre es intrínseca al sistema. Es entropía —la segunda ley de la termodinámica—. Básicamente, las cosas tienden al desorden con el tiempo, y se necesita mucha energía para mantener la estructura y la calidad en su lugar. Por eso, filosóficamente, tenemos un gran respeto por el hecho de que las cosas no son estructuralmente permanentes en la naturaleza, de que las cosas se desvanecen».
Esta constatación tiene profundas implicaciones a la hora de elegir acciones. La mayoría de los inversores quieren poseer empresas glamurosas con grandes perspectivas de crecimiento. McLennan se centra, en cambio, en una misión más negativa: «evitar el desvanecimiento». ¿Cómo? Identificando «negocios persistentes» que sean menos vulnerables a «fuerzas competitivas complejas». Piensa en ello como una estrategia anti-entropía.