Cuando Charlie Munger tenía 30 años
-su esposa se divorció de él, se quedó con su casa
-se declaró en bancarrota
-su hijo de 9 años murió de leucemia en sus brazos
-perdió un ojo, los médicos le extrajeron el ojo sin anestesia
-vivía en un apartamento lúgubre y conducía un coche destartalado.
Sin embargo, no permitió que las dificultades definieran su vida y se convirtió en uno de los inversores más exitosos de la historia.
No importa cuán profundo caigamos, nunca caemos lejos de la mano de Dios. ¡Nunca te rindas, anónimo!
Despues, pensamos que tenemos un mal día,un mal año…
En cambio, Munger decidió quedarse en su antigua casa de Los Ángeles. El lugar ni siquiera tenía aire acondicionado. Durante una ola de calor hace tres años, sus amigos le trajeron ventiladores eléctricos y bolsas de hielo para refrescar su biblioteca.
A Munger no le importaba. La casa estaba cerca de gente que le gustaba y de proyectos que le resultaban estimulantes. En lugar de una vida tranquila junto al mar, Munger dedicó sus últimos años a buscar inversiones audaces, forjar amistades improbables y afrontar nuevos retos.
Si a partir de los 90 no haces nuevos amigos,lo tienes muy complicado.
Me encantó esa frase.
Somos animales sociales y emotivos. Los que llegan a viejos se rodean siempre de amigos ,aunque tenga que rodar el buen vino y comas lo que no es saludable…